domingo, 4 de octubre de 2009

Matinal

El mundo parece otro a las nueve de la mañana. Por la calle se mira distinto el andar de las personas, caminando como recién traídos a la vida, como pequeños soldados resueltos a ejecutar cada una de las instrucciones que hallaron dentro de la caja de cereales al servir el desayuno, portando orgullosos el uniforme para la jornada.

Las mujeres van con su cabello aún mojado que les baja por el cuello humedeciendo la blusa, todas miran a través de las sombras que han dispuesto en sus ojos, hablan con un lipstick combinado adecuadamente, abanican las calles con sus pestañas peinadas por el rímel. Al verlas no resulta difícil pensar que el clima pudiese haber cambiado por su culpa, que el aire frio haya nacido con el aleteo unísono de su mirada desparramada en la acera o en los teléfonos públicos o en los autobuses que han de llevarlas a sus destinos menos lúdicos pero más remunerativos.

Los varones extendiendo la mano para hacerse notar ante el camión al final de la banqueta, portan seguros sus sacos obscuros, algunos otros sus camisas blancas y almidonadas, los más usan ropas menos elegantes dispuestas de la mejor forma para lucir ad hoc al entorno que les espera.

Todos parecen tener algo que hacer al despertar del día. Los niños que no están en las escuelas, sacan sus patines o la pelota, agradeciendo el motivo que les permitió gozar del sol de las nueve sobre su rostro, pues son completamente conscientes de la enrarecida atmosfera que se desprende de esa hora: la luz es más clara y más limpia como son más claros y limpios los semblantes en el transporte público y se pueden oler entremezclados el perfume o la colonia con el sudor nuevo que humedece los cuerpos andando de un lado para otro.

Los automóviles se mueven todos en la misma dirección, en procesión metálica inundan las calles, forman rápidos en las avenidas, corrientes inalterables o pequeños estanques humeantes con el primer mal humor de la mañana. Y dentro de estos cuadrúpedos mecánicos se escuchan las noticias, o la música, o un silencio solemne que acompaña a los seres mal encarados y resignados al retardo inevitable.

El mundo parece otro a las nueve de la mañana. Las personas corren dispuestas a esconderse en sus refugios laborales, preocupados por la manera de resolver de mejor forma el problema en la oficina, dejando la urbe libre el resto de las horas que anteceden a la tarde, a todos aquellos que nos detenemos a mirar el mundo, a correr en los circuitos llenos de tezontle de los parques y recorrer esas calles tan distintas de las calles alumbradas por el sol arrebolado del ocaso.

jueves, 1 de octubre de 2009

Naturaleza urbana

Soy un vicio. Recorriendo las calles aparento que no, entre los restos que los habitantes poco a poco van dejando me difumino, me disfrazo junto a los demás vicios que andan por las calles con un empleo que me permite llevar una vida tranquila. Me baño a diario como las normas sociales lo indican; cada quince días asisto puntual a que recorten un poco mi cabello permitiéndome así contar con un peinado que lucir ante los demás.
Ando las calles y me reconozco parte de ellas, sin embargo, todas las noches me refugio en un departamento para separarme de las heladas aceras. Cumplo las normas en los casos que me resulta posible, pero por aquellos en los que no, caigo perdido y sin remedio en la casilla de la delincuencia.
Soy un vicio perdido entre la sonrisa infante que habita el parque México, un vicio retratado por error en la fotografía turista de bellas artes, un vicio escondido entre los columpios que por las noches los niños ya no usan en sus juegos.
Transcurro con el día sobre los altos edificios de la ciudad de México, sobre las viviendas solitarias que perdimos en alguna colonia de cuyo nombre hemos decidido prescindir. Miro contemplativo el mundo que contamino, lo reconozco bajo mis ojos, lo guardo en mi memoria reprensible para aprovechar el menor recoveco invisible según convengan mis necesidades.
Soy consciente de lo nocivo de mi condición, de mi función en el sistema social establecido: Soy el cáncer de la colonia en que decido infringir la ley para establecer contacto con el otro yo que me dice al oído uno a uno los motivos que me convierten en esa efigie inimitable por necesidad. Juego a la doble identidad, me muevo entre los peatones y los autos con un andar apenas notable que me permite la contemplación.
Ando las calles descubriendo las calles, encontrando personajes, encontrando muecas y rostros desesperados. Como soy consciente de lo negativo de mi condición, también reconozco las ventajas de la misma: Soy un espectador de la vida que forma parte de la vida, un narrador narrado en alguna de sus historias, una risa que se refracta en otra risa. Soy un hombre recorriendo las calles, que las graba dentro en la memoria pretendiendo extender su pureza a través de la palabra. Soy un hombre que mira la vida en todas partes y la reporta para dignificar un poco su naturaleza vagabunda.

Anexo para difusión