Soy un vicio. Recorriendo las calles aparento que no, entre los restos que los habitantes poco a poco van dejando me difumino, me disfrazo junto a los demás vicios que andan por las calles con un empleo que me permite llevar una vida tranquila. Me baño a diario como las normas sociales lo indican; cada quince días asisto puntual a que recorten un poco mi cabello permitiéndome así contar con un peinado que lucir ante los demás.
Ando las calles y me reconozco parte de ellas, sin embargo, todas las noches me refugio en un departamento para separarme de las heladas aceras. Cumplo las normas en los casos que me resulta posible, pero por aquellos en los que no, caigo perdido y sin remedio en la casilla de la delincuencia.
Soy un vicio perdido entre la sonrisa infante que habita el parque México, un vicio retratado por error en la fotografía turista de bellas artes, un vicio escondido entre los columpios que por las noches los niños ya no usan en sus juegos.
Transcurro con el día sobre los altos edificios de la ciudad de México, sobre las viviendas solitarias que perdimos en alguna colonia de cuyo nombre hemos decidido prescindir. Miro contemplativo el mundo que contamino, lo reconozco bajo mis ojos, lo guardo en mi memoria reprensible para aprovechar el menor recoveco invisible según convengan mis necesidades.
Soy consciente de lo nocivo de mi condición, de mi función en el sistema social establecido: Soy el cáncer de la colonia en que decido infringir la ley para establecer contacto con el otro yo que me dice al oído uno a uno los motivos que me convierten en esa efigie inimitable por necesidad. Juego a la doble identidad, me muevo entre los peatones y los autos con un andar apenas notable que me permite la contemplación.
Ando las calles descubriendo las calles, encontrando personajes, encontrando muecas y rostros desesperados. Como soy consciente de lo negativo de mi condición, también reconozco las ventajas de la misma: Soy un espectador de la vida que forma parte de la vida, un narrador narrado en alguna de sus historias, una risa que se refracta en otra risa. Soy un hombre recorriendo las calles, que las graba dentro en la memoria pretendiendo extender su pureza a través de la palabra. Soy un hombre que mira la vida en todas partes y la reporta para dignificar un poco su naturaleza vagabunda.


Y como siempre y como nunca… siguiendo pasos… crónicas vagabundas llenas de personajes surrealistas vistos desde el caleidoscopio de un humo denso…
ResponderEliminarFelices andares…
Esos vicios que recorren nuestra ciudad e invitan tal vez sin quererlo a otros vicios diferentes, para juntos recorrer esta viciada ciudad.
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